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Educación Pública por Raúl Miyar

 

Enero 2013

Con una terminación clásica junta con un leguaje visual moderno, la obra de Diego Cirulli habla de la “Educación Publica” en varios niveles de lectura relacionados con las realidades de los menores en la Republica Dominicana. Estas obras enfrentan la comodidad del observador tocando temas que la sociedad a veces prefiere evadir.  En esta serie, el icono del uniforme escolar, más que el mismo individuo, toma el papel de protagonista cargando con sí mismo la simbología que no solo toca el tema del sistema educativo, pero también trae a la luz el tema incomodo del menor como objeto sexual, ya sea del punto de vista del mismo menor igual que del punto de vista del adulto.

Con el símbolo del uniforme escolar y la repetición de su imagen, la experiencia académica es implícita. Los uniformes son parte de la sistematización de la educación o la uniformidad que pide el sistema para facilitar la disciplina y obediencia colectiva. La ausencia de algún espacio arquitectónico en las obras amplifica el significado de los uniformes y el papel de los jóvenes que los usan y se conforman a su molde. Con el uso del uniforme, estas obras representan a los jóvenes como la materialización de todo lo que implica el aprendizaje de la ‘educación publica’. 

La sexualización del menor es el tema que más impregna con incomodidad cuando uno se enfrenta a las obras y sin embargo, esta incomodidad es precisamente la fuerza mayor que cargan las obras por su manera tan efectiva de tocar un tema tan delicado. Con ningún dramatismo, ni prejuicio, ni juzgamiento, el tema tabú brota de la sala de exhibición y no se puede ignorar. Diego logra traer a la luz un tema que pocos hablan en este país, envuelto del tema de la educación del cual todos hablan. Su estrategia como comentador social es genial y sus tácticas como artista son sobresalientes. Con un lenguaje visual sofisticado, nos abre los ojos a temas que quizás preferimos evadir. 

Hay piezas compuestas de una factura impecable que es placentera al ojo, pero intimidan al mirarlas porque el contenido lleva al observador a sentirse como un voyeur o hasta un depredador igual que lo puede hacer sentir como el objeto siendo seducido por el menor buscando una aventura. Cualquier de los papeles que uno tome como observador es incomodo, pero obliga a uno a pensar en la complejidad de la situación que lo enfrenta. Quizás las obras están preguntando de donde inician estos comportamientos o de donde se aprenden y como se apoyan y como se refuerzan y como se siguen diseminando. Brindan mas preguntas inquietantes que respuestas claras.

Si estos comportamientos que la sociedad mantiene disfrazados nacen o se aprenden en nuestra formación educativa, no lo sé. Pero esta muestra se ha arriesgado en señalarlos ya sean correctos, incorrectos, morales o inmorales y de tal manera que no se pueden ignorar. El éxito está en que un tema mayormente oculto se ha expuesto de una manera inteligente y con una sensibilidad que permite iniciar un dialogo de lo que no se habla. 

Raúl Miyar

(Jefe del departamento de Bellas Artes de la Escuela de Diseño Altos de Chavón. La Romana. República Dominicana)